Una escena gloriosa, llena de incertidumbre, escencias con sentimientos, conmovedora realmente, capaz de asustar al público de todas las edades y de de volver enfermo de locura al más sabio y calmo.
Apresa entre sus delgados dedos su arma y le apunta al perverso, dejando sólo un cadáver, unos restos de lo que instantes atrás fue un enemigo perjudicial y un policía criminal. Ahora es todo un fiambre, muy fácil de asimilar para el de buen estómago.
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